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- -No, no vas a ninguna parte -ordené autoritario.
- Él ya había comenzado a dar el primer paso, y me miró parpadeando.
- -¿Perdona?
- -Te acabo de sacar de la cárcel. Ahora viene la parte donde me dices lo que ha pasado. Entonces podrás irte.
- Entornó los ojos y cambió de postura para centrar su equilibrio. No cabía duda de que era un estudiante de artes marciales.
- -¿Me estás amenazando?
- -Te estoy diciendo cómo funciona esto, muchacho. Así que habla.
- -¿Y si no lo hago? -exigió saber.
- Me encogí de hombros.
- -Si no lo haces, tal vez tenga que darte una buena tunda.
- -Me gustaría verte intentarlo. -Me provocó con evidente rabia en la voz.
- -Como quieras -dije. Nos está viendo el policía del mostrador de entrada.
- Probablemente no se dé cuenta de quién lanzó el primer puñetazo. Acabas de salir en libertad bajo fianza. Volverán a encerrarte, tal vez por asalto, un delito cometido a los dos minutos de ser liberado. No habrá un juez en la ciudad que consienta otra libertad bajo fianza.
- La furia asomó a sus ojos cuando pensó en ello, y he de reconocer que aquello me impresionó. Muchos hombres de aquella edad no se molestarían en pararse a pensar en una situación semejante. Finalmente sacudió la cabeza.
- -Estás mintiendo. Te detendrían a ti también.
- -Ni por asomo, muchacho -dije. ¿Cuándo te caíste del guindo? Me interrogarán. Les diré quién comenzó la pelea. ¿A quién piensas que van a creer? Estaré fuera en una hora.
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