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- -Ya. Entonces se presenta usted aquí. Rica, hermosa, como algo demasiado bueno para ser cierto.
- -¿Y? -preguntó.
- -Que es demasiado bueno para ser cierto -repetí. Saqué mi revólver del calibre
- 44 del cajón, la apunté con él y lo amartillé. Llámeme loco, pero últimamente pienso que si algo es demasiado bueno para ser cierto, probablemente lo sea. Ponga las manos sobre la mesa, por favor.
- Alzó las cejas. Aquellos hermosos ojos se abrieron lo suficiente para mostrar su parte blanca. Tragó saliva y colocó las manos sobre mi escritorio.
- -¿Qué cree que está haciendo? -preguntó.
- -Compruebo una teoría -contesté. Seguí apuntándola con el arma y mis ojos, y
- abrí otro cajón-. Verá, recientemente he estado recibiendo visitas desagradables, por lo que más o menos sé a qué atenerme. Y creo que la he calado.
- -No sé de qué está hablando, señor Dresden, pero estoy segura de que...
- -No se moleste. -Rebusqué en un cajón y encontré lo que necesitaba.
- Saqué un viejo tornillo metálico y lo coloqué sobre el escritorio.
- -¿Qué es eso? -preguntó en un susurro.
- -El test de Litmus -contesté.
- Entonces empujé suavemente el tornillo con un dedo y avanzó rodando hacia el otro lado de mesa y hacia sus cuidadas manos de manicura perfecta.
- No se movió hasta un segundo antes de que el tornillo la tocara, y justo en ese momento, se alzó como un torbellino y apareció a dos pasos de mi mesa, haciendo caer la silla sobre la que se había sentado. El tornillo siguió rodando hasta desaparecer por el borde del escritorio y golpear después el suelo con un sonido metálico.
- -Hierro -dije. Frío hierro. A las hadas no les gusta.
- -Pero ha pasado -murmuró. El sonido de su voz bastaba para bajar la temperatura de la habitación—. Ha visto a través de este disfraz. Ha demostrado su valía. ¿Cómo lo ha hecho?
- -Por el calambrazo del pomo -contesté. La puerta estaba cerrada.
- No debería haber podido entrar. Y eludió mis preguntas en lugar de contestarlas.
- Asintió sin dejar de sonreír.
- -Siga.
- -No lleva bolso. Pocas mujeres vestidas con un traje de tres mil dólares salen sin
- bolso.
- Hum -dijo. Sí. Es usted perfecto para la misión, señor Dresden.
- -No sé de qué me está hablando -repuse. No quiero tener nada que ver con ningún hada.
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