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- PODRIA SER PEOR
- Capítulo I: Diarrea Verbal
- Desde que aparecí en este mundo en forma de una minúscula (mas no delgada) criatura, los astros se alinearon para que la banda sonora de mi vida estuviera compuesta por acordes dignos de cualquier tragicomedia.
- Y digo que no era delgada porque, tal y como sale a relucir en cada reunión familiar, mi madre, llena de orgullo y gracia, le cuenta a parientes cercanos o lejanos (incluso a amigos de la familia como, por ejemplo, el taxista de confianza o el vendedor ambulante de la esquina), que durante mis primeros meses de vida resultaba imposible bañarme sin tener que desdoblar los rollos de baby fat que conformaban mis extremidades.
- Pero la anécdota no termina allí. Mi querida tía, Derly del Socorro, que para efectos de crianza es mi otra madre, cariñosamente complementa que mi cara era tan redonda y abundante, que mis ojos sobresalían haciéndome ver como una “vaca cagona”. Si señores, esa es la descripción que con indudable amor me adjudicaron en el seno de mi familia materna. ¡Pero ojo! Siempre fue dicho con la ternura sinigual de familiares devotos y con el único propósito de que las historias de mi niñez estuvieran impregnadas del humor negro que pasaría a caracterizarme en mi edad adulta. Sin embargo, nótese que los rollos no eran una hipérbole, eran reales y tangibles.
- Desde que tengo uso de razón, mi hermano Oscar era el rey de la casa. También conocido como “los amores de mama” o “los amores de la tía” o para ser más prácticos “los amores de *insertar parentesco aquí*”, pues curiosamente, en la costa Colombiana utilizan el sustantivo plural como expresión de cariño hacía una sola persona, como si el merecedor de dicho cariño padeciera de personalidades múltiples.
- Mi hermano, también conocido como “pipito” (sobrenombre inédito, cuyo origen desconozco), era el epítome del buen comportamiento, dulzura de carácter y obediencia. Es por eso que para mí, como hermana menor y apática a la autoridad, siempre resultó problemático seguir sus pasos.
- Lo cierto es que, contrario a las creencias familiares, mi hermano era un pequeño demonio con cara de “yo no fui”, convirtiéndome a mí en la presunta ingeniosa en lo que respecta a travesuras y sustos familiares. Porque a pesar de que Oscar siempre fue el autor intelectual de todas y cada una de las travesuras, era yo quien con mi ingenio y temprana predisposición para la planificación y logística, ejecutaba sus instrucciones al pie de la letra; instrucciones que terminaban en hematomas, como mínimo, o en intervenciones quirúrgicas ambulatorias, en el peor de los casos.
- Y es que ni de adulta he podido librarme de una necesidad casi patológica de manifestar con franqueza a todo aquel que me pregunta (incluso si no me lo han preguntado) cada pensamiento o reflexión que pasa por mi mente. No ayuda el hecho de que soy completamente incapaz de producir una expresión facial impasible, con lo cual, cada sentimiento se ve claramente reflejado en mi cara.
- Fácil es imaginarse lo útil que ha resultado esta cualidad en el ámbito laboral (JA!), si estuviéramos en un mundo paralelo en el que se considera profesional que durante una reunión, la cara se contorsione involuntariamente en muecas evidentes. Tristemente, al percatarme de esta particularidad de mi carácter, quedó frustrada cualquier pretensión de convertirme en tahúr.
- Esa incapacidad de disimular ponía en evidencia mi culpa por cualquier fechoría, liberando a mi hermano de toda responsabilidad ante ojos adultos. He allí la razón por la que mi familia cuenta que “Martica era tremenda!”, pero la verdad es que siempre carecí de ingenio a la hora de desarrollar un plan malvado para fastidiar a mamá. No en vano el primogénito se convirtió en el Arquitecto de la familia y yo en la Abogada; su creatividad para diseñar aventuras se complementaba con mi disciplina y compromiso para materializarlas, prestando siempre gran atención a los detalles.
- Como suele pasar cuando se encasilla a alguien en un estereotipo, de tanto escuchar a mi familia hablar sobre mi sorprendente sentido de independencia para tan corta edad, mi voluntad inquebrantable para hacer justo lo opuesto a lo indicado y mi perseverancia para conseguir lo que me proponía, sin importar los medios, a la edad de 9 años comencé a creérmelo y mi comportamiento lo evidenciaba.
- Así ocurrió un verano de 1995 cuando, exasperada al no recibir la atención que creía merecer, hice uno de mis primeros espectáculos que, al sol de hoy, sigue siendo una de las anécdotas clásicas en las reuniones familiares. Resulta que mi mamá en aquella época trabajaba para una aerolínea y su jornada laboral solía ser más extensa que la de los demás padres. De manera que para mitigar el riesgo de que me faltara la imprescindible chuchería de después del colegio, mi mamá llegó a un acuerdo con el dueño de la abarrotería del barrio para que me concediera un crédito garantizado por ella, para comprar artículos comestibles que, posteriormente, serían la principal causa de mis caries.
- Con mis escasos 120 centímetros de estatura, esperaba ansiosa frente a la caja registradora de la abarrotería llamada “Donde Robertico”, transpirando excesivamente como es usual en el clima cartagenero y presa de una gran frustración por no contar con la estatura necesaria para llamar la atención de Don Roberto. Se me aguaba la boca contemplando de lejos las papas fritas con sabor a pollo artificial y el jugo de manzana excesivamente azucarado que típicamente constituían mi merienda.
- No soportando más, en pleno uso de mis púberas facultades y ejerciendo aquella imperturbable voluntad de la que tanto me acusaba mi familia, decidí que el fin justificaba los medios y le grité a Don Roberto, con toda mi capacidad pulmonar, que me urgía comprar un Preservativo. Le explique de forma modulada, en caso de que no supiera, que dicho artículo también era conocido como Condón, asegurándole la veracidad de la información pues lo había aprendido recientemente en el colegio, en clase de Educación Sexual.
- Cuando se hizo un silencio palpable en la tienda, miré a mí alrededor sospechando que había cruzado alguna línea fina entre la comedia y la indecencia. Me resultaba curioso que los adultos a mí alrededor lucieran la tez colorada y aguantaran la respiración para no reír y festejar la insolencia de una niña que a duras penas comprendía la diferencia entre un símbolo y una alegoría. Fue así como descubrí los usos prácticos de la burla y la sátira en un entorno social; hoy en día, cuando soy testigo las majestuosas y sin iguales ocurrencias de las que solo son capaces los niños, cuyas mentes aún no han sido atrofiadas por los prejuicios, la hipocresía y la censura suscitada por la ideología de género, no puedo evitar recordar la época en que mi mente era una esponja, capaz de una espontaneidad de la que carece el adulto promedio.
- Entonces no era de extrañar que como adulta, viera la vida con el cinismo típico y el genio mordaz de aquel que descubre en la temprana edad que existe la doble moral y que solo de niños somos realmente libres. Que el error más grande del ser humano es la impaciencia, siempre pensando con entusiasmo en lo que ha de venir, como si el presente fuera una etapa transitoria, sin hacer la debida pausa para vivir al máximo el presente. Los norteamericanos con su filosofía utópica, dicen que debemos “parar para oler las flores”, pero en realidad lo que tenemos que hacer es dejarnos llevar. Es un concepto sencillo, básico incluso: los adultos somos incapaces de ser libres porque nuestras experiencias suelen convertirse en nuestro grillete.
- Capitulo II: Crea Fama y Acuéstate a Dormir
- El concepto de “reputación” siempre me ha resultado interesante por su naturaleza categórica e irreversible. Que una serie de acciones puedan encasillar a una persona para siempre dentro de un estereotipo que la definirá de la forma más simplificada y falaz, sin evaluar, de manera integral, la calidad del carácter y disposición de la persona, demuestra claramente el proceso cognitivo, a veces necio, de nuestra especie.
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