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- Agarré el volante con fuerza. Si era necesario, lo mataría. Sabía que podía hacerlo. Técnicamente, supongo que Parker y sus licántropos no eran humanos. No se les podía aplicar la primera ley de la magia, «no matarás». Podría presentar argumentos convincentes ante el Consejo Blanco si me veía obligado a usar magia letal.
- Pero no estaría a salvo de mí mismo. No estaría a salvo del odio que sentiría al usar un arma hecha de la esencia de la vida, de su energía, para matar a alguien. La magia era algo más que una fuente de energía, como la electricidad o el petróleo. Era poder, es cierto, pero también era otras muchas cosas. Era todo lo más profundo y poderoso de la naturaleza humana, del corazón y del alma del hombre. La manera en que la aplicaba era tosca y torpe en comparación con la magia en su forma pura. Hay más magia en la primera risa de un bebé que en cualquier tormenta de fuego que un mago pueda conjurar, y no dejes que nadie te convenza de lo contrario.
- La magia procede de tu interior. Es parte de ti. No puedes hacer un hechizo en el que no crees.
- No quería creer que el deseo de matar estaba arraigado en mi interior. No quería pensar en la parte oscura de mí que disfrutaría acumulando todo el poder que pudiera para usarlo a mi albedrío, sin importarme nada más. También había poder en el odio, en la cólera y en la codicia, en el egoísmo y el orgullo. Y sabía que había algún rincón oscuro de mi alma que disfrutaría usando la magia para matar, y que después anhelaría más. Era la magia negra, y usarla era fácil. Fácil y divertido. Como jugar con Lego.
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