- “La ignorancia es la mayor fuente de felicidad.”
- Leopardi Giacomo
- “De todos los [seres] de la creación el hombre es el único
- que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin
- tener nada que decir…
- Anónimo
- …“y es feliz sin la realidad del beneficio del otro y de sí mismo.””
- Propio
- La búsqueda de la felicidad a través de la historia de la humanidad ha sido por mucho el objetivo incansable de ésta, ha sido, de igual manera, columna y baluarte de la mayoría de las corrientes filosóficas, posturas conceptuales y fuente de los más variados convencionalismos fortificados para lograrla. En aras de ella, la felicidad; el ser humano ha fluctuado en diversidad de marcos psicológicos que comprenden desde sí mismo, hasta la suma de sí en la gran expresión de sus diferentes formas grupales1. Su concepto ha regulado cosmovisiones y microcosmos2, define -en la generalidad- uno de los objetivos primordiales a cumplir en la transición de todo ser, sino, en un sentido más peculiar, como el único fin de la intención de la vida del hombre.
- Si bien, Aristóteles concibe la búsquedade la felicidad como el propósito primordial del hombre en su Ética Nicomaquea, no queda duda alguna de que esa visión abisma con la interpretación ambivalente de la felicidad hoy. Dicha comprensión ambivalente vacila entre los convencionalismos de la generalidad impersonal y los egoísmos de lo privativo, de lo exclusivo. Los covencionalismos de esa generalidad impersonal decretan la normatividad de la felicidad hoy, y son, además, la sombra de la realidad de lo privativo. Cada quien puede lograrla como mejor considere, no importan los medios para lograr el fin, con ello, estaré bien yo -y esto, por los míos-; el fin justifica los medios. Así pues, la felicidad en Ética a Nicomaco cede ante la felicidad del Convencionalismo con su Ética.
- Dos son las cuestiones escenciales a las que Aristóteles busca dar respuesta: la del propósito primordial de la existencia humana y la de la intención de sus acciones con respecto de sus objetivos y metas. Por doquier, haciendo referencia a la teoría de Aristóteles, puede verse gente buscando placer, abundancia, riquezas una reputación y un buen nombre, no obstante, aún cuando éstas tengan en sí cierta clase de valor, ningúna de éstas puede ocupar el lugar de un bien mayor al cual la humanidad debiera de aspirar. Es entonces que la felicidad es autosuficiente, ya que si es el bien supremo, no podemos llamar felicidad a cualquier cosa que se desee. Por ello, Aristóteles definía una felicidad que se basaba en el bien común y no en los principios egoístas de hoy día.
- Es pues, la felicidad Aristotélica, un asunto además de contrario, ajeno a la percepción de felicidad que el mismo Aristóteles pronunció en su tesis 2000 años atrás. Él consideraba algunos asuntos como dignos de cierto valor, pero no como la base de la felicidad en sí. Sin embargo, el afán por la búsqueda de la felicidad a dado lugar a esos aspectos como la realidad de y emprende entonces el hombre una búsqueda frenética malogrando la realidad de la felicidad misma por paradójicamente “ser feliz”. Así pues, la búsqueda del placer, la abundancia -que es ya cada vez más extravagante- las riquezas ya también caracterizadas por una desmedida ambición, y la búsqueda tanto de la reputación como del buen nombre -que si bien se erigen en la centralidad del ego- es, por tanto, esta búsqueda de la felicidad en lo particular, un asunto en demasía desespiritualizado, materializado, comercializado, comunizado y vulgarizado; supeditado a factores netamente extrínsecos como los parámetros que la regulan, dejando en esto, al margen, todo asomo de balance racional, libertad de voluntad y sobre todo del disfrute de la vida misma.
- En esta clase de búsqueda el hombre se deshumaniza por ser feliz, no tiene tiempo para reflexionar, por todo lo que persigue y no se percata de que lo que persigue, lo arruina. Es esta conceptualización de convencionalismos generales y de egoísmos particulares que le convencen de que lo que hace, lo hace para ser feliz. Así pues, puede decirse que es la felicidad tan ordinaria hoy, que la mayoría ya, ante cualquier logro mediado por esos valores que Aristóteles consideraba sí, pero que no los estimaba como la felicidad, como el bien supremo y autosuficiente, desligado precisamente de tales asuntos; es que el hombre negocía dicho bien supremo de la verdad de la felicidad en un mercado de inmundicia y la malbarata por una serie de legislaciones que le hacen infeliz, pero que le permite dicha negociación entender esta infelicidad como la felicidad que busca.
- Puede entenderse de igual manera lo anteriormente descrito por Huxley en su libro Un Mundo Feliz, la negociación de la verdad en un mercadoo de inmundicia. En esta negociación pierde el hombre todo entendimiento y toda ciencia que le puede llevar a entender que es su escencia lo que le lleva a la felicidad como estadío y no como momento, como fuente y orígen intrínsecos y no extrínsecos materialistas, que como ya se mencionó, son los que le convencen que para lograr la felicidad hay que negociar, perseguir y autoconvencerse de que la felicidad está en lo que se tiene y no es ésta en lo que se es.
- Y, desde luego, siempre que las masas alcanzaban el poder político, lo que importaba era más la felicidad que la verdad y la belleza. A pesar de todo, todavía se permitía la investigación científica sin restricciones. La gente seguía hablando de la verdad y la belleza como si fueran los bienes supremos. Hasta que llegó la Guerra de los Nueve Años. Esto les hizo cambiar de estribillo. ¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo? Después de la Guerra de los Nueve Años se empezó a poner coto a la ciencia. A la sazón, la gente ya estaba dispuesta hasta a que pusieran coto y regularan sus apetitos. Cualquier cosa con tal de tener paz. Y desde entonces no ha cesado el control. La verdad ha salido perjudicada, desde luego. Pero no la felicidad.
- La felicidad es y no está en. A partir de que el hombre se convenció que la felicidad está en es cuando surge un océano de interpretaciones privadas, de condiciones ambiguas, de acepciones, de patrones conductuales que obedecen a convencionalismos y a legislaciones, de extravagancias, de egoísmos con sus respectivas justificaciones; de demandas, de desacuerdos, de estadíos de pobreza mental y espiritual, de carencias, de arrivismo, de atropello, de insensibilidad, de emociones distorsionadas y altamente manipulables, de confusión, de inconsistencias e irresponsabilidades, ....................
- El remordimiento crónico, y en ello están acordes todos los moralistas…
- Pero en ningún caso debes entregarte a una morosa meditación sobre tus faltas.
- Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse.
- También el arte tiene su moral, y muchas de las reglas de esta moral son las mismas
- que las de la ética corriente, o al menos análogas a ellas. El remordimiento, por ejemplo,
- es tan indeseable en relación con nuestra creación artística como en relación con las
- malas acciones. En el futuro, la maldad debe ser perseguida, reconocida, y, en lo posible,
- evitada.
- Y, desde luego, siempre que las masas alcanzaban el poder político, lo que importaba era más la felicidad que la verdad y la belleza. A pesar de todo, todavía se permitía la investigación científica sin restricciones. La gente seguía hablando de la verdad y la belleza como si fueran los bienes supremos. Hasta que llegó la Guerra de los Nueve Años. Esto les hizo cambiar de estribillo. ¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo? Después de la Guerra de los Nueve Años se empezó a poner coto a la ciencia. A la sazón, la gente ya estaba dispuesta hasta a que pusieran coto y regularan sus apetitos. Cualquier cosa con tal de tener paz. Y desde entonces no ha cesado el control. La verdad ha salido perjudicada, desde luego. Pero no la felicidad.
- Yel hombre sucumbe a la sutileza de la conformación de sí, e su constitución de ser por lo material